Tareas vinculares a lo largo del ciclo vital familiar. El Legado Invisible

La calidad del vínculo transmitida entre generaciones se refleja en aspectos concretos que facilitan la vinculación segura, el avance normal del desarrollo, la organización sana de la personalidad y la salud mental en cada etapa del ciclo vital familiar (1). Estos aspectos concretos están constituidos por funciones complejas que pueden entenderse como tareas vinculares. Recorremos las diferentes etapas del ciclo con ejemplos de la investigación realizada siempre que sea posible: formación de pareja, primer hijo, fases de crianza, adolescencia, emancipación, edad adulta y ancianidad.

Formación de pareja.

La formación de pareja puede implicar éxito o fracaso vincular a medio ó largo plazo. El riesgo será menor, en términos de seguridad vincular, si ésta se ha organizado en la infancia, adolescencia y periodo de emancipación con padres, hermanos, profesores y comunidad.

La investigación de diferentes autores registra, hasta diferentes grados, una cierta continuidad y estabilidad de la calidad vincular a lo largo del ciclo vital. Existe correlación entre “la seguridad en la relación con los padres” y “la seguridad en la relación con la pareja”. López y colaboradores (2), describen satisfacción general de la pareja con la calidad vincular de sus integrantes en los primeros diez y seis años de vida.

Si la relación de pareja se asienta sobre un vínculo seguro esta relación puede considerarse “recíproca” (3), el compañero no es un cuidador, es un igual.. Cuando se activa la inseguridad para uno de de los miembros de la pareja la relación puede cambiar y ser complementaria. Esto ocurre en situaciones normales pero el rol de cuidador puede y debe invertirse para mantener esa normalidad. En caso contrario se observa que un miembro de la pareja depende del otro, se retira cada vez más de la relación recíproca, reproduce en algún momento la vinculación insegura de su infancia con los padres para pasar a distorsionar el vínculo con su pareja que suele modificarse a “Preocupado”.

Por el contrario uno de los integrantes de la pareja en formación puede variar lo suficiente su modelo operativo interno hasta la Seguridad Lograda (4) en relación a la interacción conyugal, al vínculo matrimonial y a la reciprocidad experimentada cotidianamente lejos de la vinculación insegura de su familia de origen.

Las dos tareas vinculares de esta primera etapa del ciclo vital familiar son: vinculación segura previa adulta a padres, hermanos amigos y comunidad y organización del vínculo matrimonial hacia la formación de la nueva familia nuclear, que implica una nueva relación con la familia de origen.

Riesgos conocidos son discrepancias importantes que se pongan de manifiesto según avanza la convivencia, aspectos de la personalidad del otro no percibidos, conflictos de valores, dificultades en la adaptación sexual ó en ponerse de acuerdo en los métodos anticonceptivos a usar ó cuando tener hijos. La inseguridad vincular previa de uno o los dos miembros de la pareja, no concienciada como tal, puede manifestarse como ansiedad ante la intimidad.

Ejemplos de la investigación referidos a las modificaciones del vínculo al formar pareja:

  • Vínculo Inseguro Preocupado de la mujer entrevistada no sólo con la madre sino con la línea matrilineal, autoritaria, que nunca aceptó al padre. La mujer organiza un vínculo de Seguridad Lograda con su marido.
  • Padre maltratador físico y psíquico del que la mujer no cesa de hablar durante toda la entrevista. Vínculo Desentendido con el marido. La entrevistada preserva la figura y la persona del padre para sus propios hijos.
  • Una familia numerosa debe emigrar de una región a otra dentro de la península por motivos económicos. La madre (abuela de la paciente) padeció una ceguera progresiva por lo que las hijas hubieron de ocuparse de las tareas domésticas. Tanto las dificultades económicas, como la enfermedad materna complicaron el establecimiento de vínculos seguros con los padres (1ªgeneración), inseguridad interna que la diabetes de la hija (3ª generación) reactiva. Sin embargo su pareja-su marido- es sin duda una figura de apoyo con la que se pudo establecer un Vínculo Seguro: “Tengo un marido que me ayuda en todo, si no fuera por él yo hubiera caído”.

 

Primer Hijo.

En situación normal esta etapa del ciclo vital familiar se basa en que la nueva pareja está emancipada emocionalmente de sus familias de origen, con una expectativa de futuro ilimitado, sin cambios en el compromiso, la intimidad y la satisfacción, aunque con una cierta conciencia de que la relación cambiará a lo largo del tiempo.

Pensemos ahora en una familia que espera su primer hijo. Si generalizáramos el conflicto antes, alrededor o después del embarazo consistiría en “ diferenciar la embarazada y madre entre las propias necesidades de vinculación satisfechas o no con los padres de la infancia, sobre todo con su madre, y las necesidades fantaseadas de vinculación prenatales de su futuro hijo para con ella” (5). Esta tarea vincular, que incluye la aceptación del bebé intraútero como individuo autónomo a lo largo del embarazo; diferenciar a cada persona, a cada hijo, incumbe no solo a la madre sino también al padre cuyo rol se ha modificado sin duda en los últimos veinte o treinta años sin que podamos aclarar aún bien del todo en relación a qué. En general psicólogos y psiquiatras infantiles manifiestan a este respecto que “nada es ya como antes”. P. Malneu (2001) escribe que “podríamos entender como una forma de llevar adelante la tarea de ser padres de una forma compartida sin delegar aspectos prácticos de la crianza en la madre, como se daba en otra época”. Yolanda Carballeira (6) que cita a este autor añade: “esto configura un cambio importante en el plano de las mentalidades y las costumbres. Lo que implica una modificación significativa de papeles.” Todos estos cambios influyen en las tareas vinculares de esta etapa.

Otro conflicto importante a matizar es la excesiva ansiedad ante el parto en combinación con el miedo a la separación posparto. Recordemos que el trastorno vincular puede activarse durante el embarazo en relación a la insatisfacción de necesidades vinculares infantiles, por ejemplo ante la presencia de Vínculo Desentendido de uno o ambos padres del bebé con sus propios padres. Así mismo es posible observar una inversión en las relaciones vinculares: que la base segura de vinculación sea el bebé para la madre, lo que ella manifiesta en ocasiones: “al fin tendré alguien que me quiera”.

En esta fase del ciclo vital familiar se presentan actualmente variaciones que desde la clínica y la reflexión teórica requieren la atención de psicólogos y psiquiatras infantiles. Son situaciones diferentes a la familia tradicional que conocemos, situaciones nuevas que no sabemos cómo van a repercutir en la formación y patología del vínculo. Estas son algunas de ellas:

  • Planear vivir en pareja a raíz de un embarazo inesperado aunque no haya sido posible completar la fase de formación de pareja.
  • Por su alta frecuencia las nuevas familias monoparentales o “biparentales” (7) compuestas de padre y madre cada uno con su bebé propio.
  • Familias transculturales, de emigrantes, con muy distintas costumbres y creencias, de distintas y variadas etnias, solos, sin apoyo familiar y con escasa o ninguna red social.
  • Adopciones nacionales e internacionales.
  • Patrones adolescentes de maternaje.
  • Parentalidad homosexual.
  • Reproducción asistida.
  • Fecundación en vitro, donación de óvulos y elección de uno o más implantados que implica la destrucción del resto.
  • Donación de esperma.
  • Útero de alquiler.
  • Programación de maternidad tardía o muy tardía (posmenopausia).

 

A todo el o se añaden circunstancias conocidas pero cambiantes como son los embarazos de riesgo, los diagnósticos prenatales de malformaciones y otra patología fetal, la prematuridad con los datos de la supervivencia actual (24/25 semanas de gestación, 500 / 600gr. de peso. Madrid Año 2010. Comunicación de Catalina Anta) y sus posibles secuelas en el desarrollo del niño.

La patología pre y perinatal puede influenciar a los padres, la inseguridad en sus modelos internos de vinculación pueden tener dificultad para elaborar esta situación “quedándose fijados a una imagen de un bebé dañado, a veces la imagen es persecutoria” (8). En el mismo sentido, conocemos que un bloqueo vincular precoz puede devenir en patología vincular a los dos años del hijo.

Por último los cuadros maternos de depresión y psicosis posparto y/o la comorbilidad con cuadros psiquiátricos previos cada vez más compatibles con embarazo y maternaje.

Podemos afirmar que estamos aún lejos de comprender en su totalidad las repercusiones vinculares de estas circunstancias citadas. Lo que sí hemos observado en la clínica y en la investigación es que en esta fase del ciclo vital familiar puede organizarse un movimiento compensatorio vincular por parte de los padres del bebé en que, a raíz del embarazo y nacimiento del hijo se pueden producir “cambios en el modelo operativo interno que afectarán a la calidad vincular con el marido o la mujer, con los propios padres, con hermanos, amigos, compañeros” (5). De aquí la oportunidad para ocuparse, para tratar trastornos relacionados con el vínculo durante el embarazo y nacimiento del primer hijo (9).

En resumen, las tareas del ciclo vital familiar correspondientes al nacimiento del primer hijo son:

  • Resolver fallos ó defectos cualitativos vinculares antes o alrededor del primer embarazo. Las intervenciones psicoterapéuticas de diversa índole pueden cumplir aquí una importante función preventiva.
  • Iniciar y reforzar el vínculo precoz con el bebé durante el embarazo.
  • Tras el parto: identificar/filiar al bebé. Facilitar los repertorios del bebé y parentales en función de activar la organización vincular.
  • Contención del bebé. Percepción temprana de dimensiones temperamentales.
  • Aceptación y facilitación de los cambios de rol familiares.
  • En esta y otras etapas: propiciar un ambiente calmado y estimulante, facilitar la conciencia y motivación de consulta y tratamiento si uno de los padres se encuentra en riesgo de padecer ó padece un trastorno mental.

 

La abuela materna

Quizá sea de interés abrir aquí un paréntesis para mencionar a la abuela materna. Consideremos lo mejor que puede pasar, lo normal cuando una hija con una relación vincular segura con su madre dé a luz a su bebé. La presencia de éste va a facilitar sentimientos compartidos profundos de confianza y amor mutuos entre la abuela y la madre, el contacto entre ambas será más asiduo, más cercano. La abuela va a prestar una gran ayuda a la madre, a todos los niveles, existirá una conciencia mutua y recíproca de que todo ha cambiado. Hay una nueva comprensión, emocional y afectiva, de la madre en relación a las actividades, amor y responsabilidad de la abuela respecto a ella. Puede existir una recíproca modificación de atribuciones entre la abuela y la madre. O una aclaración de malentendidos infantiles producidos por una percepción ó comprensión distorsionada de la madre hacia la abuela en esa época. Se producirá una intervención conjunta abuela-madre en el sentido de cuidar, interactuar, propiciar el crecimiento psicológico y biológico del bebé. Podríamos entender aquí, en caso de que la vinculación madreabuela fuera insegura, todo lo descrito cómo movimiento compensatorio vincular. El ambiente afectivo entre las dos generaciones mayores será percibido por ambas como seguro y prometedor de futuro. Se origina una gran potencia amorosa: todo funciona. Hasta se pueden abordar temas considerados anteriormente conflictivos con facilidad. Hasta se pueden solucionar.

Supongamos ahora que en lugar de percibir el amor y aceptación maternos la abuela percibiera la sensación de la madre de no poder atender bien al niño, una actitud de queja, de sentir que va a ser difícil sacarle adelante. Que la abuela percibiera la falta de placer y satisfacción maternos, la dificultad en notar las necesidades del bebé. La abuela puede apoyar a la madre, puede transformarse en madre sustituta de forma total, conformando madre y bebé un subsistema de hermanas hijas de la abuela ó sustituir a la madre de forma parcial ó temporal mientras se solucionan las mayores dificultades.

En otra situación puede ser la madre la que perciba una clara perturbación en la abuela. Puede existir indiferencia por parte de ésta, un rechazo absoluto, muestras reducidas de interés por atender al bebé y a la hija, ó por lo contrario un excesivo intervencionismo y crítica que agobian, que casi no dejan espacio a la hija para desarrollar seguridad en la interacción y la incipiente crianza del bebé.

Podríamos referirnos también a la perturbación que concierne a ambas. Hay aquí poco que compartir, poca reciprocidad. Cada una está sobrecargada por la otra. Comunicarse es difícil, entenderse aún más. Podemos ver, por ejemplo, el ofrecimiento del bebé a la abuela por necesidad de aprobación de la madre, ó por necesidad de afecto ó por lo contrario como retaliación: “ya que no me criaste a mí, no te sacrificaste por mí, no me quisiste, te corresponde ahora compensarme haciendo todo esto por tu nieto”.

Representación mental vincular en esta etapa del ciclo vital familiar.

Stern (10) postula que es el mundo representativo de los padres del bebé el primer elemento que debe estudiarse en la situación clínica, y también que estas representaciones, su composición, constitución y organización “siguen siendo bastante misteriosas”. El autor define que son producto de experiencias interactivas con alguien, de la experiencia subjetiva de estar con alguien. Si pensamos en vínculo trigeneracional los “componentes” de las representaciones maternas son idénticos a los que comienza a vivir el bebé en el inicio y a lo largo de su desarrollo, en la construcción paulatina de su modelo interno de trabajo. De ahí que podamos hablar de transmisión intergeneracional.

Los padres y otros familiares ponen en marcha atribuciones, proyecciones, identificaciones y fantasías al objeto de organizar estados y filiar al bebé. Los avatares correspondientes a la salud de éste y/o de los padres, inesperados, vitales graves, psicopatológicos de los cuidadores ó relacionados con un vínculo inseguro de éstos con la generación anterior pueden distorsionar el delicado mecanismo de estos “componentes”.

Atribuir es aplicar, a veces sin conocimiento seguro hechos ó cualidades a alguna persona ó cosa (Diccionario de la Real Academia Española). Las atribuciones maternales al bebé son consideradas un vehículo de transmisión de importantes elementos del modelo interno de trabajo vincular maternal (11). Se viven en el ámbito en que se encuentran la realidad objetiva, observable, medible y la realidad psicológica, subjetiva. Se considera que la atribución de significados es subjetiva, pero no ilusoria (12). Está teñida por fantasías maternales como son deseos y miedos inconscientes. Está relacionada con saber “quién es el bebé y en qué se convertirá” y también con quién es la madre, según ella, y cómo está vinculada al padre del bebé, a sus propios padres, a hermanos, amigos etc.

En población clínica los padres pueden percibir al bebé como poseedor de características y emisor de conductas profundamente enraizadas en sus propios conflictos internos que no reflejan las motivaciones y las necesidades del bebé (10) De esta experiencia clínica común emana relacionar la calidad de vinculación de la madre y el padre con la generación anterior, los abuelos del bebé. Los conflictos psicológicos no resueltos que atañen al modelo interno de trabajo, al recuerdo vincular emocional de ambos padres, relacionados con vinculación insegura con sus propios padres (abuelos del bebé) pueden conducir a actuaciones e interacciones ambivalentes padres-niño. Si se distorsiona persistentemente la interpretación de las señales del bebé puede iniciarse un proceso de organización vincular insegura.

Atribución de significado es proyección. Cramer transmite que el buen resultado de la “labor” materna depende del equilibrio entre la identificación proyectiva (encontrando lo que es igual) y la percepción objetiva del bebé (advirtiendo las diferencias). Pero si lo que es igual está relacionado con conflictos internos no solucionados en el ámbito de lo vincular, si lo que se proyecta es cólera, evitación, desconfianza, tristeza ¿puede percibir objetivamente al bebé?, ¿puede advertir las diferencias la madre?, ¿ puede relacionarlas en ese momento del ciclo vital familiar, a través del modelo de trabajo interno, con las similitudes y diferencias que se tuvieron y/o se tienen con la abuela del bebé? A lo largo de la crianza pueden separarse las dificultades reales y las dificultades irreales en la vinculación con el bebé. Los padres con apoyo mutuo ó ayuda familiar ó terapéutica pueden romper la transmisión insegura del vínculo y sus consecuencias. Aunque hay que admitir que esto no es siempre posible (13).

Tiene que tener lugar un cierto esfuerzo para aceptar la separación física, la individuación objetiva, atender las necesidades del bebé separado, que sea otra persona. La mentalización, las acciones que satisfacen la necesidad biológica y mental de filiar pueden ir “como la seda”, o puede haber algún forzamiento; un desajuste puntual o continuado. Filiar al bebé constituye la base de la organización vincular. Mirarle durante horas. Mientras se perfilan los trazos de las proyecciones identificativas. Mientras se imagina algo tan fantástico como es que el bebé entra en el juego y hace algo parecido. El esfuerzo, que en la mayoría de las ocasiones no se nota, es incluir este proceso en el modelo de trabajo interno materno. Cotejar qué es singular y qué debe ser similar en relación a la representación vincular emocional con los propios padres, con la propia madre, abuela del bebé. Qué debe continuar en una sucesión conocida y confortante, qué debe ser modificado según el modelo de trabajo interno, qué debe ser compensado.

El esfuerzo deja de ser fácil en ocasiones. Incluso no se puede realizar. El modelo de trabajo interno puede ser demasiado rígido, estar dañado, colapsarse. Puede tener la madre escasa fuerza, incluso para pedir ayuda. Es entonces cuando aparecen diferentes riesgos, dificultades, síntomas, psicopatología en la díada madre/bebé, enlentecimiento, distorsión o detención del desarrollo del bebé.

Distorsiones relacionadas con la Vinculación Trigeneracional en esta etapa del ciclo vital familiar.

Se consideran situaciones en las que los padres del bebé vivan una po- sición de mayor riesgo para dirigir ó modular la representación interna negativa de los propios padres (1ªgeneración), (Cramer).

Se incluyen otras circunstancias que atañen al vínculo en esta etapa del ciclo vital familiar:

  • Haber pasado por la experiencia de no haber sido satisfechas las necesidades vinculares propias durante la primera infancia.
  • Identificaciones proyectivas en curso envolviendo tres generaciones: emociones y fantasías de índole negativa sobre el bebé asociadas con la primera generación.
  • Atribución al bebé de rasgos negativos de índole diversa relacionados con aspectos no tolerados de sí mismo por parte del progenitor. “El hijo puede ser a los ojos del padre, en su fantasía, la parte que no le gusta de sí mismo”, (Cramer) Relieve del criticismo excesivo ó de la presencia de emoción expresada de la primera generación sobre el padre e incluso sobre el bebé.
  • Presencia de fantasías destructoras basadas en la relación de los padres del bebé con personas en el pasado (abuelos, tíos del bebé fallecidos) que pueden constituir obstáculos para percibir e interactuar con el bebé real.
  • Intensa decepción ante el hecho de que el bebé no se corresponde con la imagen del bebé ideal desarrollada durante el embarazo, ser niño en vez de niña ó viceversa, sufrir un problema pediátrico ó una malformación menor, parecerse a alguien que el progenitor odie, etc., y no recibir comprensión ni apoyo por parte de la primera generación.
  • Poca o escasa ayuda de la primera generación, aunque esté en condiciones de prestarla.
  • Vivir la madre del bebé una disparidad creciente entre sus capacidades reales y las demandas de su vida diaria. Pérdida de resiliencia.
  • Proceso de duelo (por abuelos, tíos del bebé, por el marido o por otro hijo) solapando la organización vincular con el bebé.
  • Procesos de índole variada reactivados por la experiencia de estar con el bebé (ingreso en UVI, presencia de abuela agresiva, maltratadota etc.)
  • Recién Nacido de alto Riesgo. Dificultad para contactar corporalmente con él. Temores sobre su desarrollo futuro. Posible manifestación de proyecciones que añadan más riesgo.
  • Dificultad o imposibilidad para reconocer o definir las dimensiones temperamentales del bebé y en consecuencia obstáculos para armonizar entre “condiciones ambientales y personales” del bebé ( goodness to fit.) (14).
  • Fragilidad psíquica materna, presencia de enfermedad mental y/o trastorno de personalidad, ansiedad intensa ante el cuidado y crianza del bebé.
  • Síndrome depresivo/ansioso materno/paterno preembarazo, durante el embarazo y/o posparto.
  • Fallos de interacción y relación basados en todo lo anterior, definibles por la calidad conductual de la interacción, el tono afectivo y el involucramiento psicológico (Clasificación 0-3) (15), que implican una posible relación sobreinvolucrada, subinvolucrada, ansiosa, colérica ó abusiva de la figura parental hacia el bebé y que determinan una respuesta observable de éste.

 

Sería preciso relacionar cualquier aspecto que conduzca a la madre a sentirse preocupada por no ser “suficientemente buena” (16) como tal, a sentirse arrepentida de haber tenido a su hijo, a no sentirse feliz en su compañía, a no disfrutar cuidándolo, a sentirse decepcionada por la maternidad (Cuestionario MAMA de adaptación maternal temprana) (17) a dudar del potencial de desarrollo de su bebé y el tipo y avatares del vínculo que la madre tiene con la abuela materna. Será preciso hablar de esta abuela y del vínculo con ella si se planea una intervención terapéutica amplia en el sentido trigeneracional.

 

Viñetas clínicas.

En estas seis viñetas clínicas, en las que la psicopatología materna ha sido o es grave, se observa que solo en el primer caso la vinculación madre-abuela ha sido Segura. En otro caso se valora la organización de un Movimiento Vincular Compensatorio elicitado a través de la relación con el padre del bebé. A vinculación con éste fue normal. Ambos niños presentaban un desarrollo psicomotor también normal.

En los cuatro casos restantes se mostraron Vínculos Inseguros en general. Por diferentes motivos, entre los que figuraba el hecho de no realizar tratamiento psicológico psiquiátrico, la evolución clínica de las madres no era favorable. Coincidían las cuatro en establecer un vínculo aún frágil con el bebé. De ellos tres presentaban un desarrollo evolutivo normal.

Viñeta 1. La madre padeció un Trastorno Depresivo Mayor que comenzó a los veinte años. El Trastorno se manifestó como Episodios Unipolares prolongados en el tiempo. Formó una pareja y decidieron tener un hijo cuando ella se encontró bien durante tres años seguidos tras el alta psiquiátrica. El vínculo precoz con el bebé durante el embarazo fue activo e idealizado. Podía entenderse como intenso o excesivo. La madre decía no haberse encontrado nunca tan bien. Al poco de nacer su bebé la madre refiere que piensa reiteradamente en que no poder criar, cuidar adecuadamente a su hijo estaría relacionado con volver a enfermar.

También refiere tristeza. Vuelve a tomar antidepresivos y reanuda tratamiento con la psicóloga que la había atendido anteriormente. Evoluciona favorablemente en los tres meses siguientes. El recuerdo emocional vincular con la abuela del niño es Seguro en la infancia y en la edad adulta. El vínculo con el hijo es normal. Se realiza seguimiento hasta los cuatro años del niño. La evolución clínica de la paciente es favorable y el desarrollo evolutivo del hijo es normal.

Viñeta 2. La madre padece un Trastorno de Ansiedad, mejora al organizar su pareja y embarazarse y recae durante el embarazo. El recuerdo emocional del vínculo con su propia madre es Preocupado. Refiere una dependencia afectiva y emocional de ambos padres en la infancia y adolescencia. Conserva la vivencia de ellos como exigentes y del núcleo familiar como cerrado. A los veintidós años la paciente vive que los padres se desentienden de ella al dejarla al cuidado de su hermana menor y del domicilio familiar durante catorce meses. Refiere haber vivido con su primera pareja una relación fría y distante dónde, por acuerdo mutuo, no tienen cabida los hijos. Con su segunda pareja vive un movimiento compensatorio vincular, se valora una Seguridad lograda. En su vinculación precoz durante el embarazo su ansiedad aumenta al notar el movimiento del bebé. Genera preocupación y fantasías acerca de si podrá querer ó cuidar a su hijo. Cuando el niño nace se vincula a él normalmente. Continúa tratamiento psicoterapéutico y psiquiátrico durante el primer año del niño. El seguimiento de ambos hasta los tres años de edad del hijo es normal. Los abuelos maternos se incorporaron a los cuidados del nieto y apoyo a la madre tras el nacimiento del bebé. La paciente nos expresó su sorpresa y satisfacción por este hecho.

Viñeta 3. La madre padece una Bulimia Nerviosa Purgativa. El recuerdo emocional con sus propios padres no está explicitado. Muestra una dependencia intensa del marido y de un hijo y una hija adolescentes. Toda la familia apoya y ayuda a esta querida madre enferma. Sintiéndose inválida decide tener un hijo para curarse. Se vincula precozmente a él de forma ideal durante el embarazo, pero la ansiedad, los aspectos depresivos y la sintomatología del trastorno alimentario aumentan. Es posible inferir que la vinculación con los padres fuera Insegura en infancia y que la compensación vincular ha sido patológica y se ha basado en la dependencia extrema. La evolución clínica de la paciente fue desfavorable. El desarrollo evolutivo del bebé hasta los seis meses fue normal. La madre se retira en ese momento del seguimiento terapéutico. Refiere preferir el apoyo del grupo familiar del marido y los hijos adolescentes, lo considera suficiente e incompatible con otro tipo de intervención psicológica.

Viñeta 4. La madre presenta una estructura psicótica (18) y Trastorno Inestable de Personalidad. El recuerdo emocional del vínculo con la abuela materna es Desentendido (odio referido hacia ella por la paciente). Cuando la madre percibe que en la interacción el bebé y/o ella no funcionan lucha contra esta imperfección del núcleo de la organización vincular aunque sea generando más patología. Lucha porque no quiere renunciar a él, aunque se equivoque. El bebé está como perdido para ella y entonces lo incluye en su sintomatología dismorfofóbica. Algo que sí tiene que ver con el a. Algo que la ha hecho y la hace sufrir mucho. Algo que hay que corregir: un tipo de piel seca y áspera y con, supuestamente, un relieve poroso marcado. Acude con su bebé a un prolongado tratamiento innecesario y vive momentos y experiencias en los que se siente unida a él. La evolución clínica de la madre es desfavorable. Existe resistencia insuperable al tratamiento. El desarrollo evolutivo del niño está enlentecido. Se observa falta de estimulación normal a todos los niveles. La madre acepta finalmente acudir a la escuela de padres del centro escolar del niño y el contacto con otros padres empieza a hacerla percibir mejor al hijo. Llega a reconocer que está contenta, que se siente ayudada.

Viñeta 5. La madre padece un Trastorno de Personalidad Mixto (Narc. Hist.Border. Grupo B). El vínculo es Preocupado con la abuela materna. Vive en semicesión a sus padres la crianza del hijo. El vínculo con éste, que ejerce a los cuatro años funciones parentales, es inseguro. La evolución clínica de la madre es desfavorable. El desarrollo evolutivo del niño es normal.

Viñeta 6. La madre padece un Trastorno Distímico y un Trastorno de Personalidad por Dependencia. Recuerdo emocional vincular con el abuelo materno, Desentendido. Preocupado con la madre. La abuela materna no acepta “acercarse y ayudar” más a su hija. Argumenta que sus hijos la abandonaron cuando eran adolescentes y que no se fía ya de ellos. El vínculo de la madre con el bebé es Inseguro. Intenta superar sus síntomas y sus problemas laborales y económicos. Esto conlleva no poder hacerse cargo del bebé. Necesita que su madre intervenga para hacer frente a la crianza. Pero la abuela materna no acude a su petición de ayuda. La evolución clínica de la madre es desfavorable. El desarrollo evolutivo del bebé es normal. El padre toma un papel más activo tras los primeros cuatro meses. Una hermana del padre acude todos los días varias horas a ayudar y acompañar a madre y bebé.

Sabemos que en esta etapa son importantes los factores protectores que el padre del bebé, otros miembros de la familia y la red social y comunitaria, puedan activar en relación a la vinculación segura y al desarrollo psicomotor normal en caso de que la madre esté poco disponible por la sintomatología derivada de una enfermedad mental.

Quizá uno de los aspectos de mejor pronóstico es que puedan apoyarla a ella en la vinculación con su bebé. Hablamos de factores de protección compensadores para la díada, no solo para uno de los dos componentes de la misma.

Crianza

Existen una serie de tareas vinculares que pueden considerarse de tipo transversal y que conciernen a diferentes etapas del ciclo vital familiar. La tolerancia a la ambivalencia, celos, resentimiento, sentimiento de culpa ó exigencia de amor con respecto al hijo durante la crianza supone tomar contacto con los propios conflictos de la infancia y adolescencia en relación a la primera generación. Es importante ser capaz de regular la ambivalencia, ser capaz de de pensar acerca de ella ó poder recurrir a la ayuda de la familia, amigos, compañeros, el pediatra ó psicoterapeuta. Como expresó Bowlby (19): “Aquellos que experimentaron en su niñez una intensa ambivalencia hacia sus padres ó hermanos y que luego recurrieron inconscientemente a algunos de los primitivos y precarios medios de resolver conflictos (represión, desplazamiento, proyección, etc.), no están preparados para la renovación del conflicto cuando llegan a ser padres. En lugar de reconocer la auténtica naturaleza de sus sentimientos hacia el hijo y de adaptar su comportamiento de acuerdo con el o, se encuentran movidos por fuerzas que no conocen y perplejos por sentirse incapaces de ser tan cariñosos y pacientes como desearían.”

Otras tareas vinculares transversales extensas son: regular, entrenar al hijo en la tolerancia a la frustración y transmitir también la que no debe ser tolerada, no reprimir sentimientos, rastrear y resolver dificultades de cualquier tipo que preocupen al hijo. Cuidar los padres su propia salud mental, observarse si se manifiesta una emoción expresada que alertará a los otros adultos de la familia y que debe ser calmada.

Considerado de otra manera: manifestar una calidad conductual de la interacción, un tono afectivo y un involucramiento psicológico “suficientemente buenos” alargados en el tiempo.

Tarea vincular transversal es ser sensible, empático, dar respuesta a señales, claves, estados internos, necesidades del hijo, propiciar la reciprocidad en la relación, regular la interacción, permanecer conectado a él sin sobreinvolucrarse ó sobreprotegerle, ayudarle a tomar conciencia de riesgos reales, proteger y enseñar a protegerse al hijo ( riesgos físicos, emocionales, abusos etc.). En relación con la edad del niño se le pedirá participar y responsabilizarse de algún cuidado ó labor que necesite la familia. Establecer obligaciones, llegar a acuerdos, que el hijo acepte el esfuerzo y la satisfacción por hacerlo, es parte de estas tareas vinculares durante la crianza.

Distribuimos ahora en subetapas las tareas más importantes.

El bebé de uno y dos años:

  • Facilitación, refuerzo y estimulación de capacidades emergentes emocionales, madurativas, cognitivas y conductuales.
  • Permitir, la actividad exploratoria del niño. Importante también en relación a la alimentación.
  • Disponibilidad como base segura de esa actividad. Evitar la intrusión.
  • Estar disponible para actuar como modelo siempre que la situación lo requiera.
  • Propiciar conductas alternativas a conductas tales como morder, arañar, pegar mostrarse negativista o con pobre iniciativa. Propiciar el establecimiento de límites.
  • Intentar resolver, si existen, problemas relacionados con el bienestar en el hogar, los ingresos y la salud familiar.

El preescolar de dos a cuatro años:

  • Propiciar afecto y cercanía emocional/ afectiva.
  • Apoyar el naciente control de impulsos, la estabilidad del humor, el amor propio.
  • Facilitar la diferenciación entre fantasía y realidad.
  • Contención y manejo de la hiperexcitabilidad e irritabilidad del niño.
  • Apoyar al niño en el desarrollo de sus capacidades representacionales frente a dificultades tales como “sobrevinculación” hacia los padres ó capacidad inadecuada para controlar la expresión de sentimientos.
  • Uso del lenguaje relacionado con expresión de emociones.
  • Apoyo y participación en juego simbólico.
  • Propiciar la interacción continua con el niño.

Infancia, edad de latencia hasta adolescencia. De cinco a doce años.

  • Propiciar la optimización de la escolaridad (compromiso/ coordinación de la familia y colegio).
  • Atención especial a la salud física y psíquica. Dar respuestas adecuadas al interés sobre la función sexual y sexualidad.
  • Propiciar confianza para plantear cualquier tema y/o preocupación.
  • Atención especial a las dificultades de interacción con padres y de socialización en general.
  • Propiciar sentimientos de filiación y pertenencia a la familia.
  • Adecuada supervisión desde la cercanía afectuosa.
  • Facilitar la exploración.
  • Propiciar la construcción de la identidad. Permitir/alentar la diferenciación.
  • Propiciar y premiar la realización de esfuerzos.
  • Apoyarle en todo momento. Asegurar la contención emocional y física del hijo.

Adolescencia.

La adolescencia es una etapa de cambios que obliga al sujeto a diversas tareas evolutivas. El adolescente tendrá que ajustarse y aceptar un nuevo cuerpo que implica una sexualidad adulta, una capacidad de pensamiento más compleja y un nuevo rol social.

Los cambios biológicos obligan, al todavía niño, a enfrentar su pubertad y maduración sexual, lo que implica cambios en su aspecto físico y le obliga también a elaborar y asumir una nueva imagen corporal. El aspecto físico tiene un peso muy importante en la autoestima de cualquier adolescente. Por otro lado la sexualidad se convierte en una función organizadora de la conducta lo que influirá sobre las estrategias de apego.

En cuanto al pensamiento el adolescente entra en la etapa del pensamiento de las operaciones formales y del pensamiento abstracto (4ª etapa del desarrollo cognitivo según Piaget) (20)(21). Se trata de un pensamiento hipotético, con razonamiento deductivo, capaz de construir teorías, egocéntrico y de pensar posibilidades más allá de la realidad.

A nivel psicosocial, las diferentes culturas tienen sus propias expectativas sobre el adolescente, pero su posición social cambia. Ya no es un niño y el entorno espera otras cosas del joven.

El adolescente, en general, es muy sensible a las críticas de los demás, sean reales o anticipadas. En cierto modo está pendiente del impacto que genera en los otros.

El núcleo de la crisis adolescente es la búsqueda de su identidad. La búsqueda del sentido de sí mismo como individuo separado en un grupo social.

Aunque el adolescente se separa de su familia y se vuelve hacia sus iguales, todos los aspectos de la conducta de los jóvenes están directamente influidos por la familia.

Los padres siguen teniendo, por ejemplo, una influencia muy importante en la elección y valoración de la escolaridad según sus propias expectativas.

La adolescencia es un periodo de incertidumbres, lo que reactiva las conductas de apego y protección, a la vez que las demandas de autonomía se acrecientan tiñendo de ambivalencia el vínculo adolescente. Quiero, necesito a mis padres, a la vez que me estorban, pero cuando el vínculo es seguro es más fácil negociar la autonomía. Cuando el vínculo no es seguro la probabilidad de dificultades en el proceso de individuación es mayor. Los que han experimentado el peligro cuando eran niños, organizaran maneras autoprotectoras que precisamente aumentaran los riesgos de peligro para sí y para los otros. Así nos podemos encontrar con conductas adictivas, antisociales, o con cuadros psicosomáticos (22).

La base segura permite tanto al niño como al adolescente explorar por más tiempo y más lejos y buscar nuevas figuras de apego. Diferentes estudios parecen inclinarse por la continuidad en el estilo de apego desde la infancia. De modo que un niño con apego seguro será, en general, un joven con apego seguro.

Los jóvenes con un patrón de apego inseguro y que fueron niños defensivos o inhibidos, tendrán problemas en la adolescencia cuando inicien relaciones de pareja, ya que los jóvenes defensivos encuentran difícil tolerar la intimidad. Así se convertirán en jóvenes aislados o autosuficientes, o bien sobrecompensaran la situación a través de la promiscuidad sexual, eludiendo la intimidad afectiva a través de la intimidad física.

Entre los que buscan la perfección, existe el riesgo de ocultar sus sentimientos de vergüenza y fracaso, lo que en casos extremos puede llevar al suicidio sin que hayan aparecido ningún signo anticipatorio.

Los adolescentes coercitivos (23), patrón de apego inseguroambivalente durante la infancia, tienen el riesgo de que los trastornos de conducta aumenten. La actitud de culpar a los otros puede llevar al desquite y a provocar altercados y enfrentamientos. La necesidad de pertenencia lleva a ligarse a grupos siempre presentes y disponibles que perciben las relaciones según el estilo coercitivo.

En las chicas este estilo de vinculación lleva a utilizar los síntomas psicosomáticos para forzar a los otros a dar atención y si no se obtiene a utilizar las amenazas o incluso los intentos de suicidio como forma de provocar los cuidados de los otros, o de culparlos por su desatención.

En cuanto a la salida adictiva en la adolescencia, las adicciones estarían relacionadas con los vínculos simbióticos, con la búsqueda de pseu-dovínculos de seguridad. Los objetos adictivos representarían una figura ausente de apego. (Vínculo desentendido).

En la adolescencia no se hablaría de movimientos compensatorios, sino más bien de soluciones defensivas que en el mejor de los casos dan un tiempo al adolescente para enfrentar sus conflictos e ir construyendo su propia salida.

Así por ejemplo es interesante destacar el apoyo de una pareja, a través de la cual se puede utilizar a un otro como punto de anclaje que permite ir enfrentando, sobre todo, las relaciones familiares no resueltas.

En nuestras entrevistas de referencia nos encontramos con varios casos en los que la madre entrevistada reconocía el importante apoyo de su marido (relación iniciada en su adolescencia tardía) para “recolocar” a cada miembro de su familia y el cambio que esto había supuesto no solo para su manera de relacionarse, sino también para su autoimagen, y su papel de madre. Así, por ejemplo, casos en los que las entrevistadas perdieron a su padre a una edad temprana pero eligieron parejas fuertes a imagen del progenitor desaparecido.

En un caso de TCA ambulatorio. La entrevistada es una madre de mediana edad que perdió a su padre cuando era apenas un bebé. La familia materna era extensa y se hicieron cargo de la crianza del bebé y del apoyo a la joven viuda, pero tratando de imponer sus propios criterios.(“Mi infancia de forma global eran cosas impuestas por narices”, o, “Recuerdo en algunos momentos ternura, y en otros tiranía”, o “A la familia de mi padre la tenía que ver a escondidas”). Ya en la adolescencia tardía cambia de pareja y comienza a salir con un chico que no cuenta con la total aprobación de sus tías…”Mi marido me ha ayudado a definir la estructura familiar y a cortar cordones con mi familia”.

Hay también salidas fallidas con vuelta a casa en mujeres dependientes que cambiaron unos personajes por otros como punto de anclaje pero no pudieron evolucionar.

Si hablamos de Movimiento Compensatorio Vincular en este momento evolutivo nos referimos al movimiento compensatorio que proviene de la segunda generación, los padres del adolescente.

Partimos de la idea de que este movimiento se produce a través de un proceso de doble empatía simétrica. Recordarán los padres del adolescente la resolución propia de sus propias tareas y conflictos en esa edad. El recuerdo es emocional y está insertado en la calidad vincular con sus propios padres, los abuelos del adolescente. Por lo tanto también estará presente el recuerdo de cómo entendieron entonces la actitud y resoluciones de esa primera generación y cómo la entienden ahora a la luz de tener que facilitar el desarrollo de su propio hijo adolescente. La segunda generación puede corregir decisiones y creencias acerca de cómo fueron ciertos hechos y ciertas actitudes de los padres. También puede aplicar estas correcciones a apoyar la resolución de las tareas emocionales y de desarrollo del hijo adolescente. La creencia cambia, la comprensión cambia en sentido cognitivo, emocional.

El planteamiento del padre ó madre (24), de origen preconsciente, podría entenderse así: “yo (segunda generación) recuerdo, entiendo, modifico la creencia acerca de mis padres (primera generación) referida a mi propia vinculación/relación durante mi adolescencia con ellos a través de mi vinculación/relación con mi hijo adolescente. Implícita está una comparación de las funciones introyectivas y proyectivas familiares: ¿quién me amaba? ¿Quién amó? / ¿Quién me perseguía? ¿Quién perseguía? / ¿Quién me transmitía esperanza? ¿Quién transmitía esperanza? / ¿Quién me envidiaba? ¿Quién envidiaba? etc. Es decir, implícito está el recuerdo emocional de “cómo lo hicieron conmigo”.

Continúa este planteamiento de los padres del adolescente: “yo (segunda generación) empatizo con mi hijo adolescente (tercera generación) al recordarme a mí en mi propia vinculación/ relación con mis padres (primera generación) durante mi adolescencia y su apoyo, puesta de límites, exigencias, amor, hostilidad, etc. Es decir al recordar emocionalmente el efecto de las funciones introyectivas y proyectivas familiares en mi propio desarrollo mientras no dejo de comparar/empalizar/armonizar afectivamente con mi hijo. La proposición aquí es “¿cómo lo hago yo ahora con mi hijo adolescente?”

Aún, desde una argumentación superyoica puede la segunda generación, a este mismo nivel preconsciente, encontrarse explicando a la primera (propios padres) cómo se vincula y relaciona con la tercera (hijo adolescente).

La segunda generación vive cómo el adolescente se ejercita en la construcción de su propia identidad, cómo afronta el conflicto dependencia/independencia, como orienta su vida social, su aprendizaje, sus aficiones, sus planes de futuro más allá del contexto familiar. La segunda generación comprueba cómo el adolescente necesita apoyo, interés, consejo, estructura y límites atentos así como refuerzo de los padres, muchas veces sin mostrar que lo desean ó lo buscan, sin ser plenamente conscientes de sus necesidades ó bien negándolas mientras las esperan.

La tercera generación tiene unas necesidades específicas de su momento evolutivo, la segunda las tuvo ¿cómo funcionó al respecto la primera generación? ¿Quién amó, transmitió esperanza, ayudó, persiguió, odió, envidió, abandonó? ¿Cómo construyó sus creencias la segunda generación en el seno de estas funciones introyectivas y proyectivas familiares, que socavaban ó fortalecían la construcción del vínculo seguro entre padres e hijos? ¿cómo es qué se modifican estas creencias de la segunda generación con respecto a la primera en contacto con los hijos adolescentes propios (tercera generación)?

Comentamos algunas posibilidades. Si la segunda generación ha organizado una vinculación insegura con la primera, bien desentendida ó preocupada puede recordar emocionalmente funciones ó actuaciones que “no haré nunca” (25). Puede existir en esta segunda generación un dolor más ó menos intenso al revivir la propia adolescencia comparándola con aspectos más positivos de la adolescencia del hijo y con el vínculo seguro que se mantiene con él. En este caso no existiría un movimiento compensatorio vincular con los padres ( primera generación), si es que no se ha dado en edad adulta antes. Se entendería en esta posibilidad que sí existiría un movimiento compensatorio vincular transgeneracional ya que lo interrumpido sería la vinculación insegura entre las dos últimas generaciones. En otra posibilidad la segunda generación decodifica emocionalmente sus creencias. Entiende de otro modo, modifica recuerdos emocionales al comprobar la dificultad de la tarea y cómo la primera generación se empeñó y desempeñó en resolverla favorablemente. Aquí se produciría un movimiento compensatorio vincular con la primera generación y una interrupción de vinculación insegura con el adolescente.

En otros casos uno de los dos cónyuges de la segunda generación, o los dos, pueden a través de la Seguridad Lograda interrumpir el patrón de la vinculación insegura con la tercera generación sin llegar a compensar vínculo seguro con la primera generación.

En nuestras entrevistas podemos ver como hay madres que se plantean “¿Hasta que punto no tropiezo yo en la misma piedra que mis padres?, quizás, yo cometa otros errores…”. De alguna manera tratan de recordar aquello que les dolía o que consideran que estaba mal e intentan no repetirlo.

No hay un perfil único. Algunas de estas madres lo pasaron mal en su propia adolescencia lo que en algún momento les llevó a una consulta profesional, en otros casos una enfermedad personal ha llevado a replantearse su posición en la vida, otras veces es la enfermedad de su hija la que ha hecho que se replanteen su propia historia y su manera de relacionarse, lo que influirá sobre sus vínculos tanto con sus padres (1ª generación) como con sus hijos (3ª generación).

El adulto joven en la familia. La emancipación.

Tareas vinculares familiares

  • Propiciar la comunicación. Evitar posturas excesivamente ambivalentes en relación a la emancipación.
  • Propiciar de forma realista la reflexión sobre las capacidades y formación del joven y sus aspiraciones.
  • Facilitar la socialización de la persona joven. Facilitar su relación de pareja.
  • Propiciar y apoyar autonomía: desde la dependencia a la constitución de ser un recurso para la familia.

 

Puede haber fallos importantes en la función de vinculación normal si una serie de tareas se han incumplido total ó parcialmente, si se ha hecho crecer al niño, al adolescente, en la dependencia, si se le ha infantilizado, " si el hijo crece, cambia pero parece que los padres no se dan cuenta de esto, sumergiéndole en un estado de confusión, de di-fusión de identidad, con imágenes contradictorias sobre sí mismo y su familia" (26). O si se necesita a este hijo para intentar contener un vacío vincular previo. O si por el contrario se le empuja demasiado pronto a vivir fuera de la familia, por cualquier tipo de explosión centrífuga familiar, sin los suficientes recursos, bloqueando el apoyo emocional y/o material que se necesite.

Puede existir por parte del hijo una idealización parental, una aparente vinculación segura que dificulte su autonomía. Puede inhibirse por parte de los padres esta autonomía en función de necesidades emocionales del padre ó de la madre.

Puede existir hostilidad hacia los padres por parte del hijo que no es capaz de emanciparse, hostilidad por no vivir una vinculación segura que le conduce a no poder cumplir con tareas básicas de separación individuación y autonomía, tareas posiblemente comprometidas desde la infancia e indudablemente desde la pubertad y adolescencia.

Padres invasivos y autoritarios favorecen lo anterior, también lo hacen padres inseguramente vinculados con sus propios padres. En estos contextos puede darse una falsa emancipación; pasar a establecer una relación igual de dependiente con el marido ó la esposa.

Situaciones como eventos vitales graves, muertes súbitas y/ó precoces de abuelos en la infancia del hijo, no elaboradas y la consiguiente depresión subclínica en padre ó madre, influyen en el patrón vincular negativamente. Su influencia puede llegar hasta este momento del ciclo vital familiar e incluso traspasarlo.

El riesgo de psicopatología que puede relacionarse con estos problemas de emancipación se enmarca en: dudas sobre la propia valía, de la propia competencia, de las elecciones y decisiones que se toman ó que no se pueden tomar a todos los niveles, en la organización de personalidad evitativa o esquizoide, en cuadros depresivos ó ansiosos, en trastornos alimentarios de inicio tardío, en el uso de tóxicos y en prácticas sexuales de riesgo.

La emancipación de las madres entrevistadas, españolas nacidas alrededor del año 60, participantes con sus familias del éxodo campo-ciudad, estuvo matizada por condiciones socioeconómicas limitadas y por la necesidad de trabajar con ó sin cualificación. Estas madres en general tuvieron poco acceso a formación y salieron de su familia de origen para casarse.

El adulto en la familia. La madurez.

La familia llega a un punto de evolución en el que los padres se constituyen en eje del sistema trigeneracional. No solo deben ocuparse de continuar propiciando la autonomía de los hijos, de acogerles, escucharles y ayudarles, sino también de atender la dependencia creciente de la generación anterior. A todas las tareas vinculares familiares de este momento del ciclo se pueden añadir dificultades importantes. Es un momento de balance, de crisis, en el cual se van a escrutar las expectativas y discrepancias entre lo que se deseó y planeó al inicio, en la etapa de formación de pareja, y el curso de los acontecimientos vitales y los sentimientos de satisfacción personal del padre y de la madre.

Si el resultado es favorable la familia podrá continuar en el seno de una armonía instaurada durante el desarrollo y crianza de los hijos, si no la familia puede desembocar en una situación de riesgo emocional, afectivo, psicopatológico. Los ideales no conseguidos, los deseos no realizados pueden conducir a los padres a sentimientos de aislamiento, de soledad. A la idea de que el otro miembro de la pareja no entiende, no empatiza con los problemas propios. Si los padres sufren por distintas vías frustraciones y desencuentros consigo mismo y con el otro, puede vivir que el otro no se hace cargo de nada de lo que le ocurre, lo cual será un motivo más de frustración.

Todo ello en el curso de un probable aumento de stress a partir del inicio del deterioro de la salud, posibles dificultades laborales y/o de ingresos económicos, la red social, con habilidades y aficiones y con los propios hijos y padres.

Se describe en esta edad media de la vida la aparición de cuadros depresivos, de ansiedad, de consumo de alcohol, de divorcio, de desvinculación. La necesidad de “interlocutor válido” (27) es intensa. Se necesita a un adulto en similar fase del ciclo, el cónyuge, un amigo, una amiga, otro familiar, alguien que escuche y comprenda y sepa explicar y calmar, alguien que también haga partícipe de sus problemas y conflictos.

La madurez tardía.

Si las tareas vinculares familiares se han ido cumpliendo de forma "suficientemente buena", los padres, la segunda generación, se sentirán asentados, adaptados y reconciliados con su vida. Las tareas son múltiples en este periodo de transición, desde colaborar en la crianza de unos nietos bien recibidos, hasta cuidar a sus propios padres ó realizar diferentes tareas o apoyos en facilitar la autonomía creciente de los hijos.

Comienza también la fase de pérdidas que se traduce aquí en jubilación, hijos que salen definitivamente de casa, muerte de algún abuelo, etc. Los padres se quedan solos en la casa familiar. Es el momento de superar múltiples dificultades, desacuerdos conyugales, stress emocional, soledad, inicio de actividades satisfactorias diferentes. Se suman los riesgos de salud; las enfermedades cardiovasculares, degenerativas, el cáncer, etc. que pueden aparecer también ahora. Divorcio y viudedad constituyen riesgos de enfermedad física posterior. Por todas estas circunstancias esta etapa es crítica para resolver adecuadamente la separación en general y el reencuentro con miembros de la familia que siguen siendo los mismos pero que han cambiado.

El anciano en la familia.

Las tareas vinculares en la ancianidad son cada vez más complicadas de asumir actualmente. Se trata de cuidar, contener y asistir a una persona que atraviesa un tiempo de pérdida paulatina y constante en las diferentes esferas vitales. La tarea familiar, más fácil o más difícil dependiendo de la personalidad, vinculación y vida previa del anciano, consiste en ca-nalizar su angustia, ser capaz de ayudarle a soportar esa pérdida y a desplazar intereses negociados por su narcisismo adaptado a la edad. La familia debe reconocer la fragilidad, la debilidad de sus ancianos pero también su fuerza y cualidades, propiciar la manifestación de ambas y apoyarse en el as (28).

Este periodo del ciclo vital familiar es también la última oportunidad de compensación vincular en vida. La oportunidad de que un hijo ó una hija que por diferentes motivos no ha podido vincularse seguramente como tal lo pueda hacer en esta etapa al cumplir las tareas vinculares con sus padres ancianos.

En las entrevistas con las madres de pacientes, podemos ver como algunas de estas mujeres han cambiado la percepción de sus progenitores con el paso del tiempo.

En un caso de ingreso por crisis psicótica en la hija adolescente (3ºg.), la madre entrevistada comenta que siempre estuvo muy unida a su propia madre pero que, “Descubrí a mi padre cuando me casé…Siempre culpé a mi padre (por los problemas que había en la casa) y tal vez no era así… luego cuando he recapacitado he visto que las cosas eran distintas de cómo yo creía…mi padre tuvo una vida muy dura y su padre fue muy duro con él y eso marca…”

Otra madre, dice, “Siempre me sentí un poco abandonada por mis padres…con mi madre la relación era más fría pero quizá más estable, mi madre no expresa, ahora es mejor y quizá yo he perdonado algunas cosas…yo era la mayor de 6 hermanos y con 15 años me fui de casa a trabajar. Yo siempre digo que me echaron, yo no quería irme…pero ahora ella (la madre-1ª generación) está más relajada, algo hemos podido hablar y ahora es mucho más cariñosa y tenemos una relación muy buena…hablo mucho con la hermana que me sigue y creo que el rencor y echar la culpa a mi madre no le va a ayudar…si no se perdona a sí misma y luego a mamá, nunca va a ser feliz”.

 

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